El encanto indiscreto de Manuel de Moya Alonso (2 de 2)

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Trujillo conoció, probablemente, a Manuel de Moya Alonso durante su primer viaje a los Estados Unidos en 1939. El glorioso viaje y la gloriosa estadía en la que fue agasajado a cuerpo de rey. Agasajado, homenajeado y recibido por Franklin Delano Rooselvelt en la Casa Blanca. Invitado más bien a tomar el té de las cinco de la tarde en la Casa Blanca. Colmado de honores y reconocimientos apenas dos años después de la matanza haitiana, como si de un premio o un incentivo se tratase.

Son muchos los que dicen y repiten (incluyendo a Balaguer) que la bestia mostró interés en conocer a Manuel de Moya cuando vio unos anuncios con su gallarda efigie, haciéndole promoción a la pasta de dientes Colgate. Afirma Balaguer, con palabras temblorosas por la emoción, que a la bestia “le llamó la atención la elegancia y la apostura del sujeto” y que cuando supo que era dominicano y miembro de una familia ilustre se redobló su interés, hizo que lo invitaran a venir a su presencia, que le hicieran una de esas invitaciones que no se pueden rechazar y que Manuel de Moya nunca habría rechazado.

Quizás se encontraron por primera vez en la guarida neoyorquina de la bestia, en el lujoso Hotel Carlyle, y de ese encuentro nació la simpatía que siempre se tuvieron y la cordialidad con que se trataron hasta “la tragedia del 30 de mayo”, como dice Malaguer. Joaquín Amparo Maldaguer Ricardo.

Lo cierto es que a Trujillo le informaron que aparte de modelo y maestro de danza, aparte de ser dominicano y de abolengo, el joven Manuel de Moya era un playboy y un dandy que conocía muchísimas mujeres, que vivía rodeado de bellas mujeres y que podría facilitarle el acceso a bellas mujeres. Desde el momento en que se conocieron, el adonis y la bestia congeniaron y, más que congeniar, intimaron.

Dice Crassweller que De Moya era un tipo buenmozo, complaciente, obsequioso y que la bestia estableció con él lazos de amistad tan profundos como su naturaleza se lo podía permitir. De hecho, lo admitió en una especie de “inusual intimidad”, lo convirtió en su protegido y le tomó un aprecio, un cariño casi paternal.

En su larga estadía en los Estados Unidos De Moya había adquirido o perfeccionado el buen manejo del inglés y disfrutaba de cierto éxito en el frívolo mundo de las vanidades. Incluso llegó a tomar parte, una parte insignificante, en una obra en Broadway, y en 1939, durante la primera visita de la bestia a los Estados Unidos, trabajaba como guía en el edificio de la General Motors de la Feria Mundial de Nueva York. Trujillo lo convertiría en hombre de estado y en su más confiable proveedor de mujeres.

Manuel de Moya le proveía mujeres en abundancia, y al parecer era muy refinado y selectivo en su oficio, pero también demostró ser un hombre útil, que se desempeñaba hábilmente en otros menesteres. Aunque no era un hombre formado ni interesado en asuntos políticos, era un diplomático natural. Cuando fue nombrado embajador en los Estados Unidos supo mantener las mejores relaciones, repartiendo su tiempo entre las ciudades de Washington y Nueva York, y se sabía mover con habilidad en los intrincados círculos superficialmente amables de aquel mundo frívolo y engañoso a la vez, en el cual se sentía como un pez en el agua.

En principio —dice Crassweller— el cargo de embajador no requería de mayor experiencia o conocimiento técnico sino más bien de contactos y relaciones y de los medios para ejercer influencia. Pero todo eso estaba cambiando. Trujillo estaba creando un complejo entramado político a base de mucho dinero, un mecanismo de presión, un eficiente lobby en el que figuraba un amplio círculo de congresistas y funcionarios del gobierno de los Estados Unidos que respondían a sus intereses. Cada vez más, los políticos que figuraban en la nómina de la bestia tenían que darle frente a las feroces críticas que se hacían contra su régimen y el inexistente estado de los derechos humanos en el país. En la medida en que la bestia se descontrolaba, se producían asesinatos e incluso raptos de distinguidas personalidades en la misma ciudad de Nueva York y era cada vez más difícil y mucho más costoso asumir su defensa. En ese mundo tenebroso de intrigas y ocultamientos, compra de conciencias y sobornos, Manuel de Moya no se mostró incompetente, resultó ser —a juicio de Crassweller—un representante muy apropiado.

Aparte de su cargo no oficial, el de celestino personal de la bestia, Manuel de Moya fue, a partir de 1943, Diputado al Congreso Nacional, Ayudante Civil del Presidente de la República, Ministro Consejero de la Embajada en Washington, director general de Obras Públicas, Secretario de Agricultura, Gobernador del Distrito de Santo Domingo, coronel honorario, diputado al Congreso, general del Ejército, Embajador en Washington (entre 1953 y 1954), Secretario de Estado sin Cartera, secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos, embajador en Washington (1957), Secretario sin Cartera.

Curiosamente, en algunos lugares públicos de Ciudad Trujillo había, por cierto, algunos afiches y anuncios publicitarios con la efigie de Moya Alonso que serían prudentemente retirados para no deslucir su carrera cuando fue nombrado diputado en 1943.

Con Manuel de Moya, por lo que se sabe, no tuvo la bestia ningún tipo de contratiempo ni parece haberlo sometido nunca a las típicas vejaciones que imponía rutinariamente a casi todos sus cortesanos. El cariño casi paternal que le profesaba fue en aumento, hasta el punto de demostrar en público la más sincera preocupación cuando se quebrantaba su salud.

Dice Balaguer, en sus memorias de cortesano, que “Cualquier quebranto de De Moya Alonzo, por ligero que fuera perturbaba a Trujillo como si se tratara de uno de sus hijos.Emilio García Godoy (le) refirió que una vez halló al dictador enternecido hasta las lágrimas, mientras recibía informes de uno de los facultativos personales. Creyendo que se trataba de alguna enfermedad de Ramfis, interrogó al medico y supo por labios de éste, que se trataba de un quebranto que parecía iniciarse sospechosamente en el organismo de De Moya Alonzo”.

Balaguer derrama, sobre el infortunio de Manuel de Moya Alonso, palabras tan tiernas como emocionadas, tan superficialmente tiernas y desconsoladas que hasta parecerían sinceras, si no fueran hipócritas. Al final, sin embargo, esas palabras sugieren un lamento en sordina, un lamento sincero, un dolor no resignado por la perdida belleza del fascinante adonis.

“Cuando se le descubrió a De Moya Alonzo un tumor debajo de la lengua, Trujillo lo envió a los Estados Unidos y durante varios días vivió pendiente del teléfono en espera del resultado de las pruebas correspondientes. Trujillo murió sin conocer la verdad. La tragedia del 30 de mayo le ahorró el dolor, de ver con sus propios ojos , los estragos hechos por la cirugía en el cuello y en parte del rostro del único tal vez de sus colaboradores a quien quiso con el afecto entrañable”.

(Historia criminal del trujillato [78])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

Joaquín Balaguer

Memorias de un cortesano de la era de Trujillo

NAYA DESPRADEL E HIBRAIN SOSA Ma­nuel de Mo­ya Alon­zo (https://www.pressreader.com/ )



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