El día que El Caribe enfrentó la censura

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Eran aproximadamente las 11:25 de la noche del 16 de enero del 1962, cuando el sedán negro matrícula oficial abandonó el área restringida del parqueo del Palacio Nacional y se internó en la calle Doctor Delgado. Una ráfaga de ametralladora se oyó a distancia. La ciudad dormía.

Había dejado de llover momentos antes, pero del pavimento aún caliente, subía un vapor que hería las narices. A una leve señal de uno de los dos ocupantes del asiento trasero, el conductor, un cabo vestido en sudoroso traje de faena, bajó las ventanillas delanteras. Una repentina ráfaga de viento acarició suavemente los cansados rostros de los dos personajes que permanecían en silencio mirando las oscuras callejuelas al paso lento del automóvil.

Era una condenada noche húmeda y calurosa, como todas en aquel agitado y caliente invierno con temperaturas que superaban los 26 grados Celsius. Aquella noche tenía un significado especial para esa pareja tan extraña. La ciudad hervía inmersa en los peores estallidos de violencia en muchos años y el gobierno recién instalado se tambaleaba.

Los dos hombres —el capitán de fragata Francisco Amiama Castillo y el doctor Eudoro Sánchez y Sánchez—tuvieron aún tiempo para reflexionar sobre su ingrata misión, cuando el sedán pasó por alto una señal roja del semáforo en la esquina de la Avenida Independencia y se internó luego por la calle Padre Billini.

La vía estaba franca. Con la excepción de uno que otro vehículo militar no había tránsito esa noche. El automóvil se deslizó a mayor velocidad hacia su .destino: el edificio del matutino El Caribe, en el punto más apartado de la zona colonial, en la intersección de las calles El Conde y Las Damas.

Un relámpago rasgó la densa y mortecina oscuridad dando un toque de tenebrosidad al ambiente.  A lo largo del trayecto, algunos ojos curiosos espiaban por las ventanas de las viviendas sumidas en la penumbra al paso del automóvil.

Para Sánchez y Sánchez, se acercaba una ingrata misión.  Como periodista retirado no era tarea fácil aquella.   Tampoco lo era para el tranquilo oficial de carrera sentado a su lado. El primero hubiera querido quedarse en casa esa noche. El segundo prefería estar en su cuartel. Aquella noche del miércoles 17 de enero de 1962, el Ejército estaba en alerta y él, Amiama Castillo, había sido llamado de urgencia al Palacio Nacional, sede del gobierno.

En medio del caos que envolvía a todo el país, se le había encomendado ejecutar la censura de prensa. Una rápida y violenta sucesión de acontecimientos muy graves estaban precipitando cambios que escapaban al control de todo el mundo.

Un nuevo gobierno había sido formado la noche anterior. Pero la Junta Cívico Militar que sustituyó al Consejo de Estado en medio de la confusión reinante no parecía tener mucho futuro. El presidente del Consejo, doctor Joaquín Balaguer, había renunciado en las primeras horas de la noche anterior para pedir asilo en la sede de la Nunciatura. Otros cuatro miembros del Consejo —Rafael F. Bonelly, Eduardo Read Barreras, Nicolás Pichardo y monseñor Eliseo Pérez Sánchez—, habían dimitido también y algunos habían sido encarcelados.

El martes 16 multitudes recorrían las calles céntricas de Santo Domingo desde primeras horas del día. Preocupados por la agitación que amenazaba la estabilidad del régimen, se despacharon tropas especiales de la Aviación Militar Dominicana a restablecer el orden. El foco de las protestas se había centrado frente al local de la Unión Cívica Nacional (UCN), y desde cuyo balcón los altoparlantes difundían marchas marciales y proclamas contra los militares de San Isidro, la base principal de la fuerza aérea que había sido el cuerpo élite de Ramfis Trujillo. La excitación se iba apoderando de la muchedumbre en constante aumento, a medida que avanzaba el día. En horas de la tarde, llegaron los primeros refuerzos. Un gigantesco tanque de guerra obstaculizaba el tránsito de vehículos por el tramo de la Arzobispo Nouel comprendido entre la Estrelleta y la Palo Hincado. Otros vehículos blindados se habían estratégicamente situados en el interior del parque, donde cientos de personas palmoteaban y lanzaban consignas en contra del gobierno. Desde un altoparlante se escuchó la voz grabada de Viriato Fiallo, líder de la UCN: «¡Basta ya, basta ya!”

Claudio Vásquez había estado formando parte de la multitud desde las diez de la mañana. Cansado, sudado y con el estómago mordiéndole por el hambre, tomó la decisión de irse.  Miró el reloj de pulsera Atlantic que le había regalado su madre hacía apenas unos meses al cumplir los 17 años y se dirigió a su compañero José Américo Taveras, su entrañable vecino de los alrededores del parque Eugenio María de Hostos, en Ciudad Nueva.

«Son casi las cuatro», le dijo. «Vámonos». La barra Dumbo, situada en la planta baja del edificio de dos pisos que ocupaba la UCN frente al parque de la Independencia, había cerrado con la llegada de los tanques y las tropas de refuerzos. «Si queríamos comer teníamos que irnos. Por eso convencí a José América de que regresáramos a casa. Además, tenía miedo de la actitud de los militares. Uno que estaba frente a mí, lucía nervioso y excitado en grado extremo y vi cuando rastrillaba su ametralladora», diría Vásquez unos años más tarde. La pareja de amigos había alcanzado ya la calle Pina con Canela, cuando a sus espaldas se escucharon los primeros disparos.

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Como resultado del tiroteo, cinco cuerpos sangrantes empapaban de sangre el pavimento y los bancos del parque. Los tanques se habían retirado y tras su paso las multitudes furiosas destruían e incendiaban todo a su alrededor.

A pesar de la censura que se le iba a imponer esa noche, El Caribe describiría los acontecimientos con dramatismo en la edición del día siguiente. Bajo un encabezado a 124 puntos, el diario informó al país de los luctuosos sucesos con este título: «Ametrallan Pueblo”. La crónica sin firma fijaba las bajas civiles en cinco muertos y por lo menos veinte heridos de bala. La reacción popular se manifestó en los numerosos grupos de indignados ciudadanos que recorrieron las calles de esta capital en actitud agresiva contra todo lo que, a sus ojos, representara la represión, agregaba.

El pueblo había comenzado a congregarse frente al local de la UCN desde muy tempranas horas del martes, pero la multitud creció a partir del mediodía, cuando desde los balcones de la entidad los altoparlantes empezaron a exigir la renuncia del Consejo de Estado encabezado por el doctor Joaquín Balaguer y la del secretario de las Fuerzas Armadas, general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría.

La Junta que tomó el control del Palacio había encontrado dificultades para integrarse por completo. Se había anunciado que tendría, cinco miembros: tres civiles — Armando Oscar Pacheco, Luis Amiana Tió y Antonio Imbert Barrera— y dos militares —el contraalmirante Enrique Valdez Vidaurre, de la Marina; y el mayor piloto Wilfredo Medina Natalia, de la Aviación Militar. Sus otros dos integrantes el licenciado Huberto Bogaert, quien la presidiría y el coronel Neit Nivar Seijas, del Ejército, no habían figurado en la proclama porque estaban fuera de la ciudad en ese momento. El hombre fuerte detrás de ella era el general Rodríguez Echavarría.

Aproximadamente a las 3:30 de la tarde, una columna blindada de la Aviación Militar, comandada por el teniente coronel Manuel Antonio Cuervo Gómez, se presentó al lugar.  Los seis tanques que formaban parte de la columna fueron distribuidos por todo el parque.  Uno de ellos dirigió su enorme cañón hacia el balcón del grupo político.  Por unos minutos las bocinas permanecieron silenciadas. Pero una vez la sorpresa se disipó, volvieron a rasgar el aire con sus proclamas encendidas.

Los militares intentaron el cese de la transmisión y la entrega de los equipos de radio, a lo que los dirigentes de la UCN se opusieron. Varios jóvenes cerraron apresuradamente las puertas de la escalera del local para evitar la confiscación de los equipos y la entrada de los soldados.

«Los militares intentaron tornar los equipos por medio de una escalera para subir directamente al balcón. Tres soldados estaban tratando de cortar los alambres eléctricos a fin de acallar las bocinas, cuando hizo su presencia en el lugar el vicepresidente del Consejo de Estado, licenciado Rafael F. Bonnelly, en compañía de otro miembro del consejo, el doctor Nicolás Pichardo, diría al día siguiente El Caribe. «La multitud los rodeó entre vítores y exigencias».

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La Junta fue instaurada a las 10:25 de la noche del martes 16 en una ceremonia en el Palacio Nacional, cuando todavía el eco de los graves disturbios de horas antes consternaba la ciudad. Cinco personas habían muerto ametralladas por las tropas y más de una docena había resultado herida. Débiles columnas de humo se levantaban sobre los restos de edificios y automóviles incendiados por turbas enfurecidas. El acre olor de neumáticos quemados cargaba el aire.

El servicio meteorológico había pronosticado un tiempo medio nublado, aguaceros diversos con vientos suaves a moderados y temperatura sin cambio. El clima político era mucho menos estable con vientos de tormenta soplando hacia todas las direcciones.  Tropas del Ejército habían disparado en la tarde del martes contra una multitud reunida en el parque de la Independencia frente al local de la Unión Cívica Nacional (UCN). Hubo varios muertos.  Y la Junta Cívico Militar que se instaló por medio de un acto de fuerza había establecido el estado de sitio en todo el país.  Informes provenientes de diversos puntos del interior insinuaban un estado general de intranquilidad y rebelión civil.

La descripción continuaba: «Los tres soldados bajaron de la escalera y la multitud comenzó a romperla. Entonces los soldados comenzaron a disparar a mansalva. Los tanques y las tropas se retiraron casi inmediatamente del lugar dejando, su estela de muerte».

La matanza provocó una repentina y furiosa ola de indignación en toda la ciudad., Los comercios cerraron sus puertas en señal de protesta, algunos, y por miedo a las turbas, la mayoría. A su paso, las multitudes rompían e incendiaban todo lo que estuviera a su alcance. Automóviles y autobuses, privados y oficiales, fueron destrozados y devorados por las llamas. En la parte alta de la ciudad, jóvenes estudiantes lanzaron cocteles molotov, contra patrullas policiales y locales comerciales. Una escuela y un teatro, el Olimpia, ubicado en la Palo Hincado a dos cuadras del escenario de los graves acontecimientos de esa tarde, fueron asaltados e incendiados por las turbas enfurecidas.

La destrucción del Olimpia daba a aquellas escenas dantescas un dramático simbolismo.  La resistencia popular en aquel día fatídico y sangriento sintetizaba las ansias de libertad de un pueblo sojuzgado por más de tres décadas de tiranía trujillista, que se debatía ferozmente entre los estertores de la muerte y el juicio de la historia.  El teatro era propiedad de una familia allegada a los Trujillo.  En cierta forma, con su destrucción se daba rienda suelta al sentimiento acumulado durante años de esclavitud y sufrimiento.

A las cinco de la tarde, Santo Domingo era un campo virtual de batalla.  En casi todos los barrios de la ciudad, los jóvenes levantaban barricadas provocando incendios y enfrentando con piedras y bombas molotov a las fuerzas de la Policía y de la Aviación que seguían disparando sus armas de regreso a sus cuarteles.

La pertinaz lluvia que comenzó a caer sobre la capital dominicana poco después de los hechos del parque de la Independencia, como un presagio, no detuvo las protestas. Aviones P-51 y AT-6 de la Aviación Militar sobrevolaron temerariamente la parte alta de Santo Domingo, mientras largas y espesas columnas de humo se levantaban sobre los edificios desde puntos distantes impregnándole un ambiente de sublevación total a la crisis política que sacudía nuevamente a los dominicanos.

Poco minutos después de las cinco, el locutor de Radio Santo Domingo, la emisora oficial del Gobierno, interrumpió el programa de música folklórica para leer un breve comunicado. Se anunciaba al país la implantación del estado de sitio y el toque de queda a partir de las seis de la tarde del mismo día.

La ley marcial y la oscuridad aplacaron la furia de las turbas. Tropas mixtas, en trajes de faena, ocuparon virtualmente la ciudad con carros de asalto, en un intento por reprimir la ira popular.  Los destacamentos policiales resultaban pequeños para albergar a los cientos de detenidos.  En algunas clínicas y hospitales se hacían esfuerzos desesperados para conseguir sangre con que atender a los heridos.

La United Press International (UPI) transmitió esa noche un breve despacho con declaraciones de un portavoz de la Aviación Militar, de que se había ordenado la movilización ante informes de que “partidos proyectaban actos de violencia”. Cuando el periodista norteamericano que cubría los acontecimientos para la UPI le pidió al vocero que identificara a esos partidos, el oficial se encogió de hombros y dijo: “Todos los partidos políticos dominicanos han sido infiltrados por los comunistas”.

Otra agencia estadounidense, The Associated Press (AP) atribuyó al general Rodríguez Echavarría una declaración que perseguía restarle dimensión en el exterior a los disturbios.  El jefe militar había dicho que el despliegue de fuerzas y blindados carecía de importancia.  “Igual que el cuerpo humano, la maquinaria necesita ejercicio.  Este equipo ha estado ocioso y simplemente decidimos darle un poco de ejercicio».

Entre los detenidos y golpeados esa tarde figuraban varios periodistas y un grupo de jóvenes había .apedreado el automóvil del licenciado Eduardo Read Barreras, segundo vicepresidente del Consejo de Estado. Las puertas del Palacio Nacional, sede del Gobierno, se cerraron para la prensa y la burocracia. Varios tanques y unidades blindadas del Ejército fueron apostados en los jardines de la cala presidencial, con uno de ellos apuntando hacia las amplias escalinatas de entrada.

Ese era el ambiente que reinaba en Santo Domingo aquella noche de enero de 1962, cuándo el sedán con chapa oficial que ocupaban Sánchez y Sánchez y el capitán Amiama Castillo, abandonó el recinto de la Presidencia con destino a El Caribe.

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Freddy Dalmau, alias «Capitán», encendió con una húmeda cerilla, su último y arrugado cigarrillo Cremas. Salvo los acontecimientos violentos últimos, el día había sido como cualquier otro en El Caribe. Había estado trabajando al servicio del diario como chofer durante años y no le extrañaban las sorpresas.  Estaba preocupado, sin embargo, por la hora.

El trayecto del diario a la casa, donde le esperaban impacientemente su esposa e hijos, estaba lleno de peligros, con patrullas prestas por doquier a disparar contra cualquier cosa.  Había tenido la precaución de hacerle llegar un mensaje a su esposa de que estaba bien y que si los problemas persistían se quedaría a dormir en el periódico.  Todo parecía indicar que iba a tener necesidad de hacerlo y “cojollo” si le agradaba la idea.

Dalmau echó otra furtiva mirada al fondo de la calle El Conde y no vio un alma.  Lejanos y esporádicos disparos llegaban a sus oídos como latigazos.  Con un gesto de cansancio exhaló profundamente una bocanada y dijo para sus oídos: “Este condenado cigarrillo está tan fuerte como la cosa”. Abrió tranquilamente la puerta de la camioneta del diario, se arrellanó frete al volante y se dispuso a descansar.

Él había estado expuesto a las balas y a la furia de las multitudes, conduciendo el vehículo en que los redactores y fotógrafos del diario cubrieron los hechos de los dos  últimos días.  Con todo el peligro que había representado era una experiencia, nunca antes vivida.  Dalmau estaba sumido en sus pensamientos cuando el sedán con chapa oficial que traía a Sánchez y Sánchez y al joven y atractivo oficial de carrera de la Marina de Guerra, se estacionó a su lado silenciosamente.

Dalmau los miró con interés y ajeno a lo que ocurría gruñó, dando una nueva bocanada: “Mira que salir a esta hora”.

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Rumores y versiones contradictorias sobre la presencia de un buque de guerra de Estados Unidos en el antepuerto de la ciudad, habían contribuido a fomentar la ola de inquietud que se respiraba en todas las esferas de opinión del país aquel día.  Había en realidad un barco norteamericano pero no estaba claro todavía que fuera un navío de guerra y mucho menos que estuviera allí para tratar de influir sobre el curso de los acontecimientos.

Dirigentes políticos habían echado a correr la versión de que Estados Unidos amenazaba con intervenir, tal como habían advertido sin llevarlo a cabo, entre el 18 y el 19 de noviembre de 1961, cuando los familiares del asesinado dictador Trujillo intentaron un golpe militar para perpetuar la tiranía que había sepultado las libertades dominicanas durante 31 años.

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Sánchez y el capitán Amiama intercambiaron breves palabras mientras subían parsimoniosamente las escaleras hacia la segunda planta donde funcionaban las oficinas de redacción y el despacho de su director, Germán Emilio Ornes Coiscou.

Andrés Veras no le dio demasiada importancia cuando en forma cortés la pareja se detuvo ante su mesa de la pequeña central telefónica del diario y preguntó por los editores.  Con gesto mecánico marcó un número interno y comunicó al doctor Rafael Molina Morillo, director ejecutivo, la llegada de los visitantes.  El redondo reloj de pared colgado a su espalda tenía las 11:40 de la noche.

Molina dejó apresuradamente las pruebas de imprenta sobre su escritorio y dispuso que entraran.  Tomó de nuevo el teléfono y avisó al director, doctor Ornes, que revisaba el editorial en su enorme despacho lleno de libros y papeles por todas partes, al otro extremo de la segunda planta.

En horas de la tarde, instantes después del ametrallamiento en el parque de la Independencia,  Ornes tomó una importante decisión.  Llamó a todo su personal a su despacho y les dijo, tal como varias semanas después lo relatara la revista norteamericana Time: “El Ejército está volviendo a sus viejas tácticas.  Estoy adoptando la decisión de unirme al pueblo en su lucha por la libertad. Quiero ofrecer la oportunidad de irse a sus casas a aquellos que no desean defender el periódico”.  Pero nadie se fue a su casa esa tarde.

Time tuvo información de primera mano de éstos sucesos, porque Sam Harper, su corresponsal, había estado todo el día en el diario revisando archivos y buscando información para su revista.

“Cuando los censores llegaron”, diría más tarde la publicación norteamericana, “Ornes desafiante dejó notorios espacios en blanco.  Donde habían sido censuradas informaciones, audazmente imprimió las palabras bajo censura sobre el cabezote de El Caribe, y continuó publicando tantas informaciones como podía, incluyendo la noticia crucial de que los Estados Unidos le negaban su apoyo al régimen militar”.

La verdad fue que los censores no actuaron como tales y que hicieron cuanto pudieron para demostrar la forma en que detestaban la misión que se les había encomendado.

Emilio McKinney, veterano periodista y abogado que hacía las veces de editor internacional y de redactar los titulares de las noticias del diario, daba uno de sus habituales paseos por los pasillos de la solidaria redacción, cuando Sánchez y el capitán Amiama se detuvieron ante Veras, el recepcionista.  Los periodistas habían respaldado la actitud de Ornes y habían accedido a quedarse en el diario hasta que la edición de la mañana siguiente estuviera lista.  Pero a esa hora de la noche, McKinney se encontraba, como de costumbre, prácticamente solo en la redacción.  Tenía la responsabilidad de quedarse hasta entrada la madrugada para cuidar de las pruebas finales.  Lo había hecho así durante años y le gustaba su trabajo.

“Ellos (Sánchez y Amiama) pidieron hablar con el doctor Ornes, pero Veras, el telefonista, pasó la petición a Molina Morillo.  Yo les conduje al despacho de éste.  Como me retiré a cumplir mis quehaceres, ignoro lo que hablaron”, dijo McKinney al rememorar los hechos.  “Sólo recuerdo que bajaron a los talleres y allí pidieron las pruebas de galeras, principalmente las de primera página”.

Antes de que bajaran a los talleres, Molina protestó airadamente contra la orden de censura.  “Me dejaron desahogar”, explicaría 18 años después al autor de este relato.  “Esto no puede ser.  Es un atropello”.

Los censores le explicaron cuán ingrata era su tarea y que entendían perfectamente los motivos de su irritación.  “No eran censores ni actuaban como tales.  Y creo que momentos después, cuando Ornes dispuso que se dejaran espacios en blanco, entendían a cabalidad el significado de lo que  hacíamos.  Para ser censores de una situación de facto se portaron muy decentemente”, siguió diciendo Molina.

Durante su permanencia en el diario, la pareja no hizo ningún tipo de presión contra sus directores.  “Nos pidieron los originales, le dijimos que no era necesario y que bastaba con chequear las pruebas, lo que también aceptaron sin remilgos.  En el fondo me parece que no tenían la intención de cumplir la orden que se les había dado”.

Las pruebas de composición fueron revisadas en compañía de Ornes.  Tan pronto los censores se presentaron al despacho de Molina, este informó a Ornes que aquellos se disponían “a cumplir de inmediato sus funciones”.

“Molina estaba evidentemente agitado e indignado”, recordó Ornes.  “Me informó que no estaba dispuesto a trabajar bajo censura y que abandonaría el periódico.  Tras un corto diálogo lo convencí de que no debía hacer eso y que de alguna manera dejaríamos saber que el diario se publicaba bajo censura.  También planearíamos cómo dramatizar la situación.  Molina accedió a quedarse”.

Inmediatamente después de su breve conversación con Molina, Ornes se entrevistó con los censores.  “No conocía a Amiama, pero Sánchez y Sánchez había trabajado conmigo en El Caribe  antes de que yo saliera al exilio. Al comienzo los censores querían ver todo lo que se escribía pero les expliqué –y lo entendieron–que su misión era impedir que salieran a la luz pública aquellas cosas que, a su juicio, resultaran inconvenientes.  Al fin accedieron a un procedimiento que les propusimos de que vieran pruebas de las páginas antes de ser hechas en planchas de plomo para colocarse en la rotativa”.

Cuando lo entrevisté muchos años después, Ornes me dijo que ese día tuvo la impresión de que ni Amiama ni Sánchez y Sánchez “sentían entusiasmo alguno por la función de censores” y agregó: “Amiama no estuvo mucho tiempo en la redacción y Sánchez se quedó para ver con Molina y conmigo las planas.  De esa circunstancia surgió el hecho de que al censurarse algunas cosas no pudieran ser sustituidas y se dejaran los espacios en blanco”.

Mientras pasaban revista a las pruebas, a Ornes y a Molina se les ocurrió otra idea para dejar sentir su protesta. Consistía en quitar el lema bíblico del periódico «Y conoceréis la verdad y la verdad os hará: libre», y poner sobre el cabezote de primera página la expresión «Bajo censura», en gruesos caracteres negros.

Sánchez «no objetó este procedimiento», asegura Ornes. Como periodista de vasta experiencia, Sánchez debía saber bien lo que esto significaba. En cierto modo, el ingenio le permitía actuar interiormente contra la engorrosa misión para la que había sido llamado.

«La operación de censura duró dos noches. A la tercera se había dado une contragolpe y restablecido el Consejo de Estado bajó la presidencia de1 licenciado Rafael F. Bonnelly y el periódico volvió a publicarse normalmente. Ornes me dijo que la publicación de El Caribe con el cabezote con la expresión «Bajo Censura» y con los espacios en blanco «contribuyó grandemente a fortalecer la resistencia civil a la junta».

Cuando entrevisté al doctor Sánchez sobre este hecho histórico para la prensa dominicana, confirmé lo que ya los otros protagonistas me habían informado: que los censores hicieron todo lo que estaba a su alcance para no cumplir con severidad el encargo de someter a El Caribe.  Cuando lo entrevisté, Sánchez lucia preocupado. No le resultaba agradable revivir este asunto, pero fue explícito y sincero. «Prácticamente no hubo censura. Fue un momento desagradable para mí como periodista. Graves acontecimientos políticos estremecían al país entonces. Fue muy enojoso para mí y renuncié al cargo que ocupaba en el gobierno volviendo al periodismo ese mismo año”.Su retorno al periodismo fue, precisamente, desde El Caribe.

El comportamiento de Amiama Castillo contribuyó a evitar consecuencias mayores.  “Por suerte Frank Amiama”, me dijo Sánchez «es un militar muy correcto y se comportó como tal. Yo me presenté como amigo del periódico. Sólo vimos las pruebas muy ligeramente, Le dije a Amiama que todo lo que se iba a publicar habla sido dicho ya por la radio y que no tenía objeto impedir la salida del periódico. Él estuvo de acuerdo. Al día siguiente nos desapoderamos del caso y encargaron a la Secretaría de Interior de imponer la censura».

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La noche siguiente una comisión compuesta por otros tres censores se presentó a la redacción y pidió hablar con Ornes. Veras levantó mecánicamente el teléfono pero esta vez llamó a Ornes. Uno de los tres nuevos censores era un viejo periodista amigo del director del diario, Néstor Caro, abogado y subsecretario de Estado. La completaban otros dos abogados Máximo Sánchez y Plinio Terrero Peña, consultor jurídico.

Caro explicó después a McKinney que habla dicho a Ornes que se ofreció a acompañar a los otros dos a fin de hacer menos agria la tarea en su condición de amigo del periódico. Los nuevos censores no fueron puestos a prueba. Horas después caía el régimen tras un contragolpe militar. Ornes acudió al Palacio Nacional y allí obtuvo que la censura fuera levantada de inmediato.

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El grupo de oficiales que derrocó a la Junta Cívico Militar libertó a los miembros del Consejo de Estado presos en la base militar de San Isidro y restableció el gobierno colegiado, bajo la presidencia de Bonnelly.  Luis Amiama Tió y Antonio Imbert Barreras, únicos sobrevivientes del complot que culminó con la muerte de Trujillo, fueron reintegrados al Consejo. Ni el uno ni el otro participaron en las operaciones de la Junta. La misma noche del golpe se fueron del Palacio Nacional. Aunque nunca se había dicho, hasta entonces, donde se ocultaron durante ese trágico período circulaban versiones de que fue en una embajada extranjera. Esa actitud desconcertó a la Junta e influyó mucho en el resultado final.

El general Rodríguez Echavarría fue detenido. El país  iniciaba un largo y accidentado camino hacia la libertad y la democracia. Y la prensa libre e independiente había a ganado una batalla difícil en momentos más difíciles aún.

(*) El autor Miguel Guerrero, es periodista y escritor, Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia. (Los acontecimientos descritos en este trabajo forman parte de su libro “Enero de 1962. El despertar dominicano”)



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